Empezar algo que sabes que forma parte de un final es, después de conocerte, la cosa más excitante que he hecho jamás. En todos los sentidos.
Es como ese morbo de saborear hasta la última gota con la esperanza de acordarte de ese sabor amargo hasta en la noche más dulce y solitaria. El morbo de sentir que creó recuerdos que mañana jugarán con mis estados de ánimo, de la misma manera que lo haces tú conmigo; de la misma manera que yo te cedo el turno para que tires los dados y acabes en esa casilla que te hace ganar a siete pulgadas de mi ombligo...
El morbo. La broma del destino, o ese bromo que se cuela por los poros de mi piel con cada una de tus caricias, alterando mi sistema nervioso hasta yo ya no poder—o no querer—controlar las ganas de perderme entre tus dedos. Pero todo eso se acabó, ya sea porque cada reacción tiene un catalizador que la agota, igual que cada redacción ha de tener su desenlace y punto; o por el simple hecho de que cada lazo de relación acaba corroído por el roce.. ¿Qué más dará a estas alturas? Si el vértigo que siento de lo único que avisa es de que voy a caer, sin tus manos como salvavidas.
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