No necesitaba que me hicieran el amor con palabras y mucho menos que viniesen a embelesarme con sentimientos que no tienen. Necesitaba noches etílicas, un billete de ida para los miedos y un par de alas. Buscaba lo pasajero, la euforia, y me topé con sus palabras que me hacían viajar kilómetros sin moverme da la cama, solo con cerrar los ojos.
Supongo que es un nombre justo para alguien que hace temblar tus rodillas a base de susurros.
Yo tan acostumbrada a las luchas armadas que una guerra más no supondría problema, ¡y qué mejor trinchera que sus piernas! —podría tener mil batallas más si son mi defensa—
Entonces consiguió poner el orden que requiere el caos; redujo mis miedos, mató mis dudas y tiró el pasado. Me recompuso y me acojoné; o viceversa. A cambio le regalé un sitio al fondo de mis costillas y unos bolsillos llenos de tiempo para conjugar sus ojos con mi sonrisa. Desde que fueron sus manos las que se dedicaron a resbalar por mis curvas, mis labios sueñan con comer su voz y beber su respiración,
La sensación de vértigo se volvió constante —como si no tuviera bastante con el insomnio que provoca el café de sus ojos—, me demostró que eran necesarios cuatro brazos para volar y me hice adicta a las alturas.
Ya ves, ha traído a mi habitación las ganas de dejarme querer, como quien aparece en medio del llanto y en vez de secarte las lágrimas te deja llorar hasta que terminas, y así poder seguir viviendo.
Supongo que es un nombre justo para alguien que hace temblar tus rodillas a base de susurros.
Yo tan acostumbrada a las luchas armadas que una guerra más no supondría problema, ¡y qué mejor trinchera que sus piernas! —podría tener mil batallas más si son mi defensa—
Entonces consiguió poner el orden que requiere el caos; redujo mis miedos, mató mis dudas y tiró el pasado. Me recompuso y me acojoné; o viceversa. A cambio le regalé un sitio al fondo de mis costillas y unos bolsillos llenos de tiempo para conjugar sus ojos con mi sonrisa. Desde que fueron sus manos las que se dedicaron a resbalar por mis curvas, mis labios sueñan con comer su voz y beber su respiración,
La sensación de vértigo se volvió constante —como si no tuviera bastante con el insomnio que provoca el café de sus ojos—, me demostró que eran necesarios cuatro brazos para volar y me hice adicta a las alturas.
Ya ves, ha traído a mi habitación las ganas de dejarme querer, como quien aparece en medio del llanto y en vez de secarte las lágrimas te deja llorar hasta que terminas, y así poder seguir viviendo.
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